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Cajal: La cara B del Nobel

jueves 15 Oct, 2020, 11:05

Santiago Ramón y Cajal es conocido como un excepcional científico capaz de ver a través de su modesto microscopio cosas que otros no eran capaces de interpretar. Esa extraordinaria intuición era fruto de las muchas horas dedicadas a la investigación y de su férrea voluntad. Sin embargo, su faceta más humana, la que mostraba en el día a día a sus familiares y amigos es menos conocida. Aquí se recogen diez curiosidades de Santiago Ramón y Cajal, considerado internacionalmente el padre de la neurociencia moderna.

De aprendiz de barbero a premio Nobel

De niño, a Cajal le interesaba casi todo. Casi todo, excepto los libros. Cuando tenía diez años, su padre, harto de lo poco que se aplicaba en los estudios, le mandó a estudiar a un colegio interno, primero a Jaca y luego a Huesca. Pero sus continuas travesuras provocaron la interrupción del bachillerato en varias ocasiones.

Como castigo, su padre, médico de profesión, le obligó a trabajar como aprendiz de barbero y también como zapatero. Ésta última ocupación, recordaría después Ramón y Cajal en sus memorias, le sirvió para adquirir una destreza manual que le fue muy útil en el laboratorio.

Finalmente, a los 16 años, con el bachillerato aún sin acabar, empieza a estudiar anatomía con su padre, lo que supuso una perspectiva nueva para él. Cajal podía ahora «ver y tocar» lo que estudiaba y también dibujarlo, sacando partido a esta afición en la que era extraordinariamente bueno pero que tanto disgustaba a su progenitor, por considerarla una pérdida de tiempo. Así, a través del dibujo, Cajal se interesó por la Medicina, y con 21 años obtuvo el título.

Astronomía, una afición forjada en la infancia

Con ocho años Cajal se sintió fascinado por un eclipse total de Sol. Fue el 18 de julio de 1860 y despertó gran expectación. En Valpalmas, el pueblo aragonés donde ejercía su padre como médico en esa época, esperaban ansiosos este evento anunciado en los periódicos. “Muchas personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desd

e la cual esperaban observar cómodamente el sorprendente fenómeno”, cuenta el propio Cajal en el libro “Recuerdos de mi vida”.

Hasta España se desplazaron muchos astrónomos famosos para seguir el evento. La franja de penumbra cruzó la Península desde Santander hasta Castellón, justo al mediodía. Este sonado eclipse fue, según relata el Nobel español, uno de los tres eventos que marcaron su infancia.

Aunque el pequeño Santiago esperaba la fecha con recelo, no muy convencido de que el saber humano, “incapaz de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro pensamiento, gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar lo lejano”. Aunque aclara que estas interrogaciones, escritas desde la reflexión de la madurez “no fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces”.

A partir de ahí, la astronomía

sería una de sus grandes aficiones. Incluso llegó a comprar un telescopio, que le costó un disgusto con su esposa. Pese a que siempre había tenido en ella un gran apoyo para costear y satisfacer sus aficiones y continuar su carrera científica, en esta ocasión no acababa Silveria de ver la conveniencia de invertir la “astronómica” cantidad de 15.000 de las antiguas pesetas (90 euros) en este “aparato”. Una cantidad importante para una familia entonces modesta, a principios del siglo pasado, cuando los salarios no llegaban a 800 pesetas. Como referencia basta señalar que un coche de la época costaba 5.000 pesetas. El telescopio se conserva aún en el Instituto Cajal de Madrid.

La escultura de la que Cajal renegó

En el reverso de los billetes de 50 pesetas emitidos por el Banco de España en 1935, el año que siguió a la muerte de Cajal, se reproduce una escultura suya que puede ver en El Retiro. Una escultura de la Cajal renegó y que hizo que no volviera a entrar al Retiro, su parque favorito.

Está situada en el Paseo de Venezuela del Parque del Retiro y es obra del escultor Victorio Macho. Ralizada en piedra granítica y bronce pretendía ser un homenaje al Nobel. Pero la obra de Macho no fue del agrado de Caja

l. El motivo fue que el escultor representó a Cajal reclinado, con manto y el torso desnudo, como un héroe clásico.

Al parecer, Cajal comentó irónica

mente al verla: “Yo nunca me he desnudado ante ningún hombre”. La escultura fue inaugurada en el año 1926 por el Rey Alfonso XIII, en un gran acto oficial al que Cajal no quiso asistir. Es más, el desagrado por la obra fue tal que después de inaugurado el monumento, Cajal no volvió a entrar en El Retiro.

A punto de rechazar el Nobel

En 1906 Cajal recibió el premio Nobel de Medicina. Fue la quinta persona en recibirlo en esta categoría. Fue la primera vez que se otorgó un premio Nobel compartido, en este caso con el italiano Camilo Golgi. Antes que Cajal, lo habían recibido Robert Koch  (1905), Ivan Petrovich Pavlov (1904), Niels Ryberg Finsen (1903), Ronald Ross (1902), y  Emil Adolf von Behring (1901).

Sin embargo, recibir el máximo galardón científico otorgado por la Academia Sueca despertó en Cajal una inquietud tal que, por increíble que parezca, le llevó a pensar en rechazarlo. Así lo cuenta en “Recuerdos de mi vida”:

“Recibir el premio Nobel, tan universalmente conocido como generalmente codiciado, prodújome un sentimiento de contrariedad y casi de pavor. Tentado estuve de rechazar el premio por inmerecido, y, sobre todo, por peligrosísimo para mi salud física y mental. Medallas, títulos, condecoraciones, son distinciones relativamente toleradas por émulos y adversarios. ¡Pero un gran premio pecunario!… La honra opulenta es algo irritante y difícilmente soportable”

Un sentimiento que para nada se corresponde las nominaciones que recibió por parte de sus colegas. Y es que ya fue propuesto en 1901, coincidiendo con el estreno de los prestigiosos galardones. Y después de recibir el Nobel en 1906, aún fue propuesto dos veces más. Esto da idea del prestigio de Cajal entre la comunidad científica internacional. Los más insistentes en pedir el galardón para Cajal fueron el suizo Albert von Kölliker, que le dio a conocer fuera de España, y el sueco Gustaf Retzius, con quien Cajal mantuvo una larga relación científica y de amistad.

El propio Cajal nominó a 3 personas: dos para el premio de Fisiología y Medicina (Gustaf Retzius en 1901 y Charles Robert Richet en 1912) y a Ramón Menéndez Pidal para el de Literatura en 1931.

Aficionado a la hipnosis, que incluso practicaba

Al padre de la Neurociencia moderna, la hipnosis le producía una gran curiosidad. Hasta el punto de la practicaban en las tertulias que se organizaban en su casa y al parecer llegó a tratar a algunas personas con este método. Era una época en la que los experimentos y trabajos del médico francés Charcot sobre las neurosis e histerismo tuvieron una gran resonancia. A este neurólogo francés se considera hoy un pionero de la hipnosis y entonces sus técnicas médicas servían de diversión en la alta sociedad.

De hecho, sus dos últimos hijos, Pilar y Luis nacieron con su madre hipnotizada. Y es que a Cajal le costaba ver sufrir a su esposa durante los partos. Había tenido ya cinco y decidió probar en los siguientes la técnica de Charcot. Silveria, su esposa, que confiaba plenamente en Cajal, se dejó hipnotizar cuando llegó el momento del parto.

Esta idea nueva de aplicar la hipnosis como analgésico eficaz que experimentó Ramón y Cajal en su propia esposa fue publicada por él el 11 de agosto de 1889, en la Gaceta Médica Catalana.

En el artículo, recogido en la Biblioteca Virtual Cervantes, puede leerse:

“Terminado el parto, trasladose la enferma al lecho [su esposa], con paso seguro y con mal disimulada alegría, al verse libre, a tan poca costa, de un tan doloroso trance; y hacíase lenguas con las asistentes que la rodeaban del caso extraño de haber parido sin dolor”.

Ministro por un día

En 1906 Segismundo Moret ofrece a Cajal ser ministro de Instrucción Pública, el equivalente a Educación en aquella época. Al principio Cajal acepta, pero luego se lo piensa mejor y rechaza el ofrecimiento.

Así lo describía Cajal: «La elocuencia de don Segismundo [Moret] era terrible. Con frase inflamada en sincero patriotismo, expuso las grandes reformas de que estaba necesitada la enseñanza, encareciendo el honor reservado al ministro que las convirtiera en leyes; añadió que también los hombres de ciencia se deben a la política de su país, en aras del cual es fuerza sacrificar la paz del hogar, cuanto más las satisfacciones egoístas del laboratorio; y citóme, en fin, para acabar de seducirme, el ejemplo de M. Berthelot [Marcellin Berthelot, químico, historiador y ministro francés] y de otros grandes sabios, que no desdeñaron, para elevar el nivel cultural de su nación, la cartera de Instrucción Pública». Y confiesa que «sus cálidas exhortaciones” en un principio “hicieron mella en mi flaca voluntad».

Triste, hipocondríaco y apasionado por la naturaleza

Así se describía Cajal, cuando a los 46 años se enfrentó a lo que denominó “los primeros desfallecimientos precursores de la vejez”.

“Durante el otoño e invierno de 1899, mi salud dejaba harto que desear. Invadiome la neurastenia, acompañada de palpitaciones, arritmias cardíacas, insomnios, etc., con el consiguiente abatimiento de ánimo. Semejantes crisis cardíacas atacan frecuentemente a las personas nerviosas fatigadas, sobre todo durante esa fase de la vida en que declina la madurez y asoman los primeros desfallecimientos precursores de la vejez. Naturalmente, mis dolencias agriaron aún más mi natural triste e hipocondríaco. Y, por reacción fisiológica y moral, acometiome violenta pasión por el campo. Todo mi afán cifrábase en disponer de quinta modesta y solitaria, rodeada de jardín, y de cuyas ventanas se descubrieran, de día, las ingentes cimas del Guadarrama, y de noche, sector celeste dilatadísimo, no mermado por aleros ni empañado por chimeneas [para poder dedicarse a su gran afición, la astronomía]. Aparte la ansiada ración de infinito, deseaba oponer a mi spleen [mal ánimo], a guisa de contraste sentimental, la oleada de bulliciosa alegría que se desborda los domingos y tardes soleadas desde las guardillas de Madrid hasta los democráticos merenderos de Amaniel”.

Y es que la calle Amaniel, en el hoy madrileño Cuatro Caminos, era entonces las afueras de la ciudad, con espléndidas vistas a la Moncloa, al Guadarrama y a El Escorial.

Allí se hizo construir Cajal su ansiada casa de campo, empeñando toda su fortuna. Una decisión económica arriesgada que le permitió sanar su su ánimo, gracias al poder sanador de la naturaleza: “Mi salud mejoró notablemente. Al fin alboreó en mi espíritu, con la nueva savia, hecha de sol, oxígeno y aromas silvestres, alentador optimismo. Y, por añadidura, llovieron sobre mí impensadas satisfacciones y venturas”.

Sus novelas, en Amazon en versión electrónica

Además de sus obras científicas, donde explicaba detalladamente sus descubrimientos, y sus libros autobiográficos, Cajal tiene otra faceta menos conocida, la de escritor de ciencia ficción al estilo de Julio Verne, cuyos libros conocía. En ellos utilizaba sus conocimientos científicos para divulgar la ciencia y desterrar bulos y falsas creencias. Algunos de sus libros publicados por distintas editoriales pueden encontrarse en Amazón, incluso en versión electrónica.

La afición a estos relatos le viene de la infancia, cuando descubrió en Ayerbe, uno de los pueblos donde vivió, la biblioteca de un vecino llena de atrayentes historias que su padre consideraba nada provechosas. Sin duda, le sirvieron de inspiración para sus escritos de divulgación científica. Entre esos libros, uno de los que más le impresionó, fue Robinson Crusoe, donde veía un ánimo de superación sin límites en su protagonista, que vivió casi tres décadas en una isla desierta.

Algunos de los libros de ciencia ficción que escribió los firmó como doctor Bacteria, su pseudónimo como divulgador científico, pueden encontrarse en amazón incluso en versión electrónica.

En cuentos de vacaciones, Cajal decide sacar a la luz, un año antes de su muerte, cinco de esos relatos de “pseudociencia” agrupados con el título de cuentos de Verano, entre ellos, a secreto agravio secreta venganza (de igual título que la obra de calderón). Esta historia cuenta las andanzas de Max v. Forschung, un científico que lleva a cabo brillantes descubrimientos fisiológicos y bacteriológicos. Tiene cincuenta años y vive feliz en su condición de sabio eminente. Sin embargo, su mujer le engaña con su ayudante de laboratorio… Conectando un sismógrafo a la chaise-longue que sirve para los escarceos amoroso de la joven pareja, el doctor Von Forschung confirma la infidelidad. Para vengarse infecta con un preparado de bacilo de la tuberculosis las etiquetas que pega con la lengua su ingrato ayudante.

El manuscrito de uno de estos relatos salió a la luz, rescatado por una de sus nietas, en 2017. Titulado “La vida en el año 6.000” ha sido incluso traducido al inglés y puede leerse una reseña en la base de artículos médicos pubmed, recogida por uno de los muchos científicos que admiran al padre de la neurociencia moderna.

En este libro Cajal recoge lo siguiente: “Acababa yo de leer la descripción pintoresca qué el célebre Claudio Bernard hace de la resurrección de los rotíferos y de los tardígrados, animales que muertos por desecación reviven en cuanto los humedece el agua de una gotera, lo que les permite diluir, estirar la vida de un mundo portentoso, repartiéndola en varias entregas. Pensaba yo si acaso la ciencia humana no llegaría a conseguir con seres más superiores, esa vida latente que no consentiría una suerte de inmortalidad, pues aunque la duración de la existencia sea limitada, si el hombre llegara a vivir un día en cada siglo, satisfaríase su ansia de saber y de progreso, y la vida se deslizaría sin aburrimiento alguno. El problema parecíame no del todo imposible”

No siempre infalible: Cajal en tiempos del Colera

La epidemia de cólera de 1885 declarada en Valencia se extendió a gran parte de España. Los hospitales estaban abarrotados de enfermos y no había acuerdo entre los médicos valencianos sobre qué medidas había que tomar. Según lo que recoge Cajal en “Recuerdos de mi vida”: «Eran días de intensa emoción y la población, diezmada por el azote, vivía en la zozobra, aunque no perdió nunca la serenidad».

Una situación que supuso una alarma comparable a la que actualmente despierta el coronavirus. El conocido entonces afamado bacteriólogo Jaime Ferrán, proponía el empleo de una vacuna que inmunizaba tras una inyección subcutánea de vibriones coléricos vivos. Su propuesta de vacunación masiva causó gran polémica pues se dudaba de su eficacia. Aun así se vacunaron más de cincuenta mil personas.

La Diputación Provincial de Zaragoza pidió a Cajal que hiciese un estudio sobre las causas de la epidemia y la validez de la vacuna de Ferrán. Cajal pasó el verano de 1885 estudiando la enfermedad, dejando de lado sus investigaciones. Concluyó que la vacuna propugnada por Ferrán era de poca eficacia. En “Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones profilácticas”, publicada por la Diputación Provincial de Zaragoza, Cajal confirmaba que la epidemia se debía al vibrión colérico y aportaba nuevos métodos para cultivarlo, como consta en la Revista Española de Patología.

Sin embargo, el que después sería premio Nobel se equivocó. Y años después Cajal no tuvo reparos en reconocer que la vacuna que había cuestionado fue finalmente eficaz. Tal vez por eso escribió en su obra “El mundo a los 80 años” la siguiente frase: “Nada me inspira más veneración y asombro que un anciano que sabe cambiar de opinión”.

Pionero de la fotografía en color

Junto con el dibujo, la fotografía, otra de las aficiones de Cajal, que le sirvió para captar lo que descubría al otro lado del ocular. Pero «la vida de lo infinitamente pequeño» no era lo único que fotografiaba. Muchos de sus retratos se los hizo él mismo. En muchos de estos retratos aparece con el puño derecho cerrado. El motivo es que ocultaba un disparador que le permitía hacerse las fotos él mismo.

De hecho, Cajal es uno de los pioneros de la fotografía en España. La descubre a través de unos fotógrafos ambulantes que van por esa España profunda. Se interesa por la técnica y empieza a investigarla, hace ensayos con cámaras oscuras e incluso escribe probablemente el primer libro en nuestro país sobre la fotografía en color.

El libro, vanguardista entonces, se publicó en 1912 con el título de «La fotografía de los colores. Bases científicas y reglas prácticas». En él explica cómo el uso de las anilinas (tintes sintéticos), introducido por los histólogos para teñir los materiales orgánicos, permitió el desarrollo de la fotografía en color.